Cuando decimos entre nosotros “tenemos que juntarnos”, “a ver cuando nos vemos”, casi siempre en ese encuentro contamos con algo para comer y compartir. Son modos concretos que expresan esa necesidad tan humana de pan y abrazos, de alimento material y de cariño cuidadoso, que conectan con nuestra sed profunda de vida y de fiesta.
El Antiguo Testamento describe los tiempos mesiánicos como un banquete abundante con comida y bebida para todos los pueblos, donde el mismo Dios enjugará las lágrimas y terminará con los sufrimientos. Y Jesús recoge esta imagen para hablar del reino, en sus parábolas, como la de hoy, y en sus comidas con pecadores y publicanos, tan criticadas por el sistema de poder de su tiempo.
¿Qué nos dice hoy esta parábola de los invitados al banquete de bodas, en este tiempo donde en nombre de dios se deciden guerras, se justifica la persecución de los pobres y se celebra el triunfo de los poderosos como bendecidos? En primer lugar la parábola nos recuerda que Dios tiene un deseo inquebrantable de invitar a todos y todas a la mesa de una humanidad nueva y nos lo ofrece como un don, como un regalo, que no tiene que ver con premios ni merecimientos. Así lo vivió Jesús, anunciando que Dios es compasión ante quien sufre, que prefiere la misericordia al sacrificio, y no se cansa de ofrecernos su amor que nos convoca a una mesa de hermanas y hermanos.
También nos recuerda que participar de la fiesta es un ofrecimiento, expuesto a nuestra libre decisión. Podemos pensar, recordando a los invitados de la parábola, en cuántas formas de aislamiento egoísta vivimos hoy; cuántas decisiones que desconocen el sufrimiento de quienes nos rodean; cuántas maneras de rechazar, velada o descaradamente, la justicia y la fraternidad; tantas formas de dar muerte a quienes luchan por cuidar lo que es de todos y todas. Pero también reconocer cómo la invitación al banquete de una vida más humana se va abriendo paso en iniciativas comunitarias, sociales, artísticas, educativas, que posibilitan una sociedad y dentro de ella, una iglesia, más inclusiva, más capaz de hacer vida la esperanza que la anima. Una y otra vez, tenemos delante la posibilidad de sumarnos a la invitación junto con otros, o dejarla pasar.
Por último, la parábola nos cuestiona sobre qué exige entonces de nosotros esta gratuidad de la invitación al banquete. Porque no es sinónimo de que todo da lo mismo. Se nos pide dejarnos transformar por ese modo de amar salido de sí mismo del señor de la fiesta, que es el modo de amar de Jesús. Un amor que reconociendo el perdón recibido, perdona; que acogiendo los dones y oportunidades de la vida, comparte; que es capaz de reconocerse hermano y hermana de quien quedó tirado al borde del camino, para tender la mano que levanta dignamente. Se nos pide “revestirnos” de los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp. 2,5).
Que podamos animarnos comunitariamente a entrar en este dinamismo de gratuidad y justicia en el amor, que va colaborando en hacer posible que nadie quede fuera de la participación en la mesa de la fiesta y de la vida, que el Dios de Jesús nos ofrece.






